El sonido de la nostalgia, la emotividad desprendida de un carrito adornado y lleno de colores, el sonido que te invita a evocar lo que sentías a los 5 años al oir que se acercaba el organillero.
O el pitido de ese buquecito manicero que cada noche se le ocurría aparecerse fuera de mi casa con un pequeño regalo muy dulce para mi.
Son las ganas de volver a ser niño y quizás ese deseo de recomenzar, de redibujar el trazado y aprender a caerte sin culpas ni miedo al ridículo.
Son los deseos de sentirse nuevamente un niño mimado solo un instante, de hacer de un pequeño momento y de un efímero regalo, un tesoro, un tesoro y un éxtasis de felicidad incomprendida por el adulto.
Son ese nudo en la garganta y esa "casi lágrima" que sale al oír la canción del organillero y el pitido del buquecito manicero.
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